Manténganse libres del amor al dinero, y conténtense con lo que tienen, porque Dios ha dicho: «Nunca te dejaré; jamás te abandonaré.»
Quien ama el dinero, de dinero no se sacia. Quien ama las riquezas
nunca tiene suficiente. ¡También esto es absurdo!
Honra al Señor con tus riquezas
y con los primeros frutos de tus cosechas.
Quien vive en el Reino, no puede
conducirse bajo los valores de esta generación.
Quien es hijo de Dios sin duda deberá aprender a manejar el dinero que
el Padre le da, bajo principios distintos a los que ha aprendido a lo largo de
su vida. Hoy aprenderemos como se
percibe el dinero según los valores del Reino de Dios y buscaremos ajustar
nuestro valores a verdades eternas.
EL
ENGAÑO DE PRIORIZAR EL DINERO
La escritura dice “donde está tu tesoro,
ahí está tu corazón” Quien valoriza el
dinero por encima de cualquier otra cosa, sin duda no tendrá tiempo para nada
más que, pensar, hablar y mostrar su
dinero o la falta de este. Crecimos en
una sociedad que enseña que las personas se dividen por la cantidad de dinero
que han acumulado y por lo tanto los bienes de consumo que pueden comprar. Vivimos en una sociedad en donde la gente se
clasifica en función del lugar en donde comprar su ropa y despensa de cada
quincena. Crecimos en una sociedad que
clasifica y le da valor a sus miembros en función del dinero que puede ostentar
y a decir verdad, eso es pecado. Quien
construye su vida y sus relaciones así es clasista y olvida que en el Reino no
hay hombre ni mujer, no hay esclavo ni libre. Se “ha hecho a la forma de este
mundo” y considera, aun siendo hijo de Dios, que “no todas las personas tienen
el mismo valor.
La Palabra nos enseña que no podemos
hacer del dinero el objeto de nuestros deseo y amor. Nos insiste que no podemos creer como cree
esta generación que el tener dinero acumulado nos hace mejores personas o que
el poseer cosas “de mayor calidad” nos brinda el derecho de ver a otros “por
debajo del hombro” Quien vive
priorizando el dinero, vive en idolatría y la idolatría es pecado de
rebelión. Quien construye su vida así, no
ha aprendido de Dios ha priorizar lo correcto.
Amar el
dinero no puede vivir en paz pues no aprendió a estar conforme con la
bendición recibida. Es entonces
imposible amar el dinero y confiar en Dios.
Se puede fingir que se le ama y que se confía en su Palabra, pero en la
vida diaria la zozobra de perder lo obtenido es mucho más grande y la necesidad
de tener más nos hace manipuladores presumidos e histriónicos. No olvidemos, no se puede ser siervo de Dios
y de las riquezas.
INSATISFACCION
DEL ALMA
La Escritura nos recuerda que el “ojo
nunca se cansa de ver. Quien tiene
dinero en sus bolsillo no le basta, desea más y si consigue más, poco tempo
después quiere aún más. La falta de
contentamiento es el resultado directo de no haber aprendido a tener
límites. S. Freud diría que quien no se
sacia es porque no soluciono su etapa oral y por ello en la adultez desea tener
y tener, aunque lo que tenga no satisfaga su alma. Quienes hemos venido al Reino de Dios,
debemos aprender que nuestra satisfacción esta en Dios y no en la sensación de
poder que produce el creer que se tiene más dinero que la gente que nos rodea o
la que genera el poder comprar bienes de consumo o el simple hecho de acumular
riquezas para sentirnos seguros y confiados.
En el Reino de Dios no se valora la
acumulación de la riqueza y mucho menos la presunción de esta. Es más la escritura cuestiona el hecho de
servir a las riquezas y al mismo tiempo creer que se sirve a Dios. ¿Por qué?
Porque el insatisfecho de las cosas materiales, no puede ver la obra de
Dios en su vida. No puede afirmarse en
la fe, pues siempre desea evidencias y piso firme; porque su corazón está
comprometido con sus deseos y no con los deseos del Padre. Porque su alma está anclada a lo material y
no puede ver la eternidad como la vida a la que fue llamado.
Quien solo espera frutos para esta tierra
esta esclavizado a nunca encontrar satisfacción, pues esta solo vine por la
obra de nuestro Padre quien nos adiestra para la eternidad a su lado.
MOTIVOS
SANOS
Necesitamos sanar de la influencia de
esta generación que vive para acumular riqueza sin sentido. Necesitamos sanar del consumismo que nos
motiva a tener más como un acto de validar nuestra existencia. Necesitamos sanar del neoliberalismo que se
hace patente en nuestra iglesias a través de la doctrina de la prosperidad. Dios es nuestro sustento y nuestra porción en
esta tierra. Esta es una verdad en la
que debemos de crecer y madurar para llevar el fruto correcto. Debemos aprender que el dinero que recibimos
nos fue dado en primer lugar para “honrar a Dios” Quien recibe del Padre la bendición de tener
dinero en su bolsa como fruto de su esfuerzo, debe entender que ese dinero no
es suyo, le fue prestado y la principal razón de recibirlo se encuentra en el
hecho de que lo ha recibido para que Dios sea exaltado y conocido. Obviamente,
el humanismo con el que hemos sido saturados no nos permite pensar así y
concluimos que una idea en donde nosotros no seamos los primeros no es rentable
y entonces, ocupamos los recursos financieros recibidos para nuestros deleite y
con ello pervertimos el plan de Dios. El
orden correcto es: Primero Dios y posterior a ello, nuestro bienestar. Recordemos que no fuimos llamados a ser
ricos, sino a ser luz y sal en esta tierra.
Necesitamos ir a la Palabra y aprender
motivos correctos para administrar finanzas, para hacer negocios y para gastar dinero Debe ser la Palabra nuestra única norma de fe
y doctrina que nos marque el ritmo de vida y condicione o filtre nuestra
filosofía con la que construimos nuestra existencia en esta tierra y es esa
Palabra, sin duda la Palabra de Dios, la única verdad que nos puede ilustrar
para administrar correctamente lo que recibimos de parte de nuestro
Creador. Es esa Palabra la que nos puede
dar motivaciones sanas para administrar el dinero que recibimos.
CONCLUYAMOS
No necesitamos vivir insatisfechos. No necesitamos vivir bajo el yugo de la
mentira del neoliberalismo y su “brazo cristiano” llamado la “doctrina de la
prosperidad” Lo que si necesitamos es la
verdad de nuestro Padre gobernando nuestra vida y librarnos del mercantilismo
de esta sociedad contemporánea que valora al hombre en función de lo que tiene
o puede hacer. Debemos aprender a vivir
en la justicia del Reino en donde nuestra posesión más importante es Dios mismo
y donde nuestro valor emana de Él.
Hemos sido llamados a vivir para la alabanza
de su gloria y ello implica también concebir el dinero como un medio para
exaltar a Dios y servirle.
Quien es hijo de Dios aprende cada día a
vivir satisfecho con las bendiciones que recibe del Padre pues comprende que su
gozo no está en lo que tiene sino en el hecho que es parte de la familia de
aquel que le presto la vida.

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